martes, 8 de marzo de 2016

Ella es María


Él tenía 25 años y yo 19 cuando partimos para San José del Guaviare en busca de un futuro, él tenía la experiencia de trabajar allí, porque cuando salía a vacaciones se iba desde el primer día para la finca de sus tíos que estaba ubicada en la zona rural de Calamar.

Aquí en la capital no había mucho que hacer para una mujer con un hijo de dos años, que había decidido retirarse del colegio cursando noveno grado de bachillerato, con un papá descompuesto por el alcohol, una mamá que escasamente conseguía para un plato de comida al día lavando ropa, y para un pelao de 25 años que acababa de terminar su bachillerato, no contaba con la experiencia laboral que necesitaba para desempeñarse en un trabajo que le diera unas bases para mantener su familia, y además lo esperaba la calle ansiosa, para que se convirtiera en otra de las cifras más de delincuentes que reporta el gobierno.

Mientras las FARC pedían una prórroga indefinida en la zona de distención en el año 2001, sin saberlo, yo me dirigía entusiasmada a un lugar parecido a ésta, y digo entusiasmada porque iba a organizar mi familia, pues mi papá me habían inculcado que lo importante de la vida es tener una familia a costa de lo que fuera, mi mamá con su ejemplo me enseño que había que hacer sacrificios para estar con el padre de los hijos y también, porque hasta ahora Juan con sus dos años de vida era la primera vez que salía de la capital.

Llegamos a Calamar y durante las primeras semanas vivimos con los tíos de David, yo les ayudaba con los oficios de la casa y mantenimiento de la finca, mientras David se internaba en el monte durante todo el día en compañía de Don Pedro, el esposo de su tía.

Una tarde, cuando el sol empezaba a esconderse, vi que venían ellos dos en compañía de una tercera persona, corrí a avisarle a doña Carmen para recibirlos como todos los días, con una jarra de limonada con panela, la bebida preferida de don Pedro.

Al llegar me presentaron a don Ramiro, quien se dirigió a mí de forma cortes, tomándome la mano y saludándome de un beso en la mejilla, como si me conociera de tiempo atrás, cuando tomo mi mano, sentí una calidez que inmediatamente sonreí y le ofrecí un vaso de limonada. Él era un hombre alto, de contextura gruesa, traía consigo puesta una camisa que en algún tiempo debió ser blanca, pero debido al trabajo del campo y el sudor que lo invadía, era de color café, un jean azul con varios rotos en las piernas y calzaba las botas de caucho negras que caracteriza a todo hombre que trabaja la tierra, sin embargo, me causo impresión lo bien que se dirigía y lo amable que se comportaba, parecía que no era de estas tierras.

Esa tarde mientras el sol se escondía hablamos por largo tiempo, don Ramiro nos ofreció una finca para cuidar que quedaba a dos horas de la cabecera urbana de Calamar, él nos comentaba que el trabajo era duro, pues había que hacerle de comer a los trabajadores de la finca, los cuales eran como 10 personas,  pero la paga era buena, así que dijimos que sí, sin pensarlo mucho, pues era una oportunidad para organizarnos, ahorrar y después de un tiempo devolvernos a la capital para montar un negocio, sueño que teníamos con David cuando decidimos vivir en el campo.

A la mañana siguiente, don Ramiro muy amablemente se presentó con otros dos muchachos más y una camioneta negra con vidrios oscuros, ellos nos ayudaron a cargar todo y nos llevaron durante dos horas por un camino demarcado por pisadas de caballos, durante el recorrido solo podía observar maleza a cada lado del camino, y de vez en cuando un alma que aparecía entre la maleza saludando a don Ramiro que lo conocían por el vehículo en el cual íbamos.

Al finalizar el recorrido, llegamos a una casa grande de madera, con tejas de zinc y rodeada de un cultivo de plátano que lo cubría la maleza. En el centro de la casa había una mesa grande de madera que alguna vez estuvo pintada de blanco, pues se veía los parches de la pintura de aceite que le habían aplicado, esta mesa estaba acompañada de dos bancos largos de madera, en la cocina colgaban todos los utensilios, ollas y recipientes, en una caja de cartón estaban guardados platos, vasos de aluminio, cucharas y tenedores, y por último, en el fogón de leña se encontraba hirviendo una agua de panela, en una olleta de aluminio cubierta por la ceniza que arrojaba la leña encendida.

Después del llamado de don Ramiro, el cual anunciaba que nosotros estábamos allí y requería la presencia de los trabajadores para que nos conocieran, en medio de la plantación fueron saliendo uno a uno los hombres que trabajaban en la finca, la gran mayoría eran muchachos muy jóvenes que traían consigo colgado de la cintura un balde y muchas hojas verdes, eso me pareció curioso, pero preferí no preguntar en el momento.

Después del recibimiento y la presentación de cada uno, nosotros nos instalamos en el único cuarto que había para dormir, mi esposo -como empecé a llamarlo desde ese momento- salió con don Ramiro a ver la finca.

Pasaron los días, semanas y meses en esa finca, allí aprendí a cocinar, al inicio me dio duro, porque los alimentos me quedaban salados o se me quemaban, muchas veces tenía que llamar a algún trabajador para que me encendiera el fogón, hasta que aprendí a hacerlo, todas las personas que trabajaban en la fincan eran muy amables y comprensivos, hasta bromeaban de mi sazón, fueron momentos agradables que pudimos vivir en ese lugar.

Después de un tiempo, me enteré que la maleza que rodeaba la finca y cubría el cultivo de plátanos, eran matas de coca y que los trabajadores los llamaban raspachines, -palabra que llegue a conocer allí-, nunca fui hasta el laboratorio, pero mi esposo que tenía que estar pendiente de todo, se la pasaba en él, me decía que nunca debía ir y que siempre permaneciera en la casa. En el tiempo que estuve, como tres veces salí al pueblo, el mercado lo traía don Ramiro cada fin de semana, eso sí, nunca falto la carne, leche y huevos.

Después de casi seis meses viviendo allí, llego un trabajador nuevo a la finca, Él era un muchacho joven, como de unos 20 años, muy callado, poco hablaba con los demás trabajadores y siempre permanecía solo, recuerdo que cuando servía el almuerzo en la mesa, el muchacho esperaba que todos comieran y se fueran para pasar y alimentarse.

Luego de verlo en la misma aptitud en casi un mes, decidí acompañarlo en la mesa tomándome un tinto mientras almorzaba, lo salude y no me respondió, le pregunte su nombre y me voltio el rostro, luego le pregunte si le había gustado la sopa y con su cabeza me asintió que sí. Aproveche este gesto y empecé a preguntarle varias cosas, hasta que por fin pude conocer su voz, ese día hablamos durante mas o menos una hora.

Al día siguiente, espere que todos se fueran y volví a acompañarlo, hablamos de mi familia, de cómo había llegado a la finca y los sueños que teníamos con David, al principio fue un poco tímido, pero después de varios días tomamos más confianza, al punto que un día mi esposo me reclamo del porque hablaba con él, me dijo que no debía tener confianzas con los trabajadores, e incluso, me prohibió que lo volviera a hacer, sin embargo no le di importancia y continúe.

Fue una amistad muy bonita, el joven me escuchaba y podíamos hablar durante mucho tiempo sin cansarnos, sin embargo nunca me dijo su nombre, ni su historia, muchas veces le pregunté y no me dio ninguna respuesta, hablábamos de banalidades, chismes y cosas sin sentido.

Una tarde, al terminar el jornal, el muchacho me vio con mi cámara digital que había traído de la capital, con la cual de vez en cuando tomaba fotos al paisaje que se formaba cuando el sol empezaba a esconderse, ese paisaje era hermoso, siempre me encanto esas puestas de sol; me comentó que sabía tomar fotos y me dijo que me pusiera frente al firmamento para tomarme un par de ellas.

Ese día aprovechamos y nos retratamos, le mostré las fotos tomadas durante mi estancia en la finca y las que tenía con mi familia en la capital, pues nunca le había descargado la información.

A la mañana siguiente, mientras el sol nos daba sus primeros rayos de luz apareció nuevamente, me pidió que le prestara la cámara, pues quería tomar varias fotos al paisaje y a unas plantas que había visto, no le vi problema y le dije que sí, pero que me la cuidara y en la tarde me la devolviera.

Paso ese día y al caer el sol olvide mi cámara, al día siguiente no vi cuando el joven llego y al terminar el día, ni me di cuenta cuando salió, al día siguiente estuve pendiente en la puerta esperándolo para pedirle la cámara y no entro por la puerta principal, al medio día no vino a almorzar y lo pregunte a los demás trabajadores, respondiéndome que si lo habían visto pero nada más.

Estuve pendiente de durante toda la semana y no volví a ver, después de una semana, casualmente lo vi pasar cuando entraba al cultivo, lo llame y le pregunte por la cámara, me dijo que la tenía en su casa y al día siguiente me la entregaría, pero no fue así, después no lo volví a ver, pasado quince días, vino a almorzar y nuevamente le pregunte, pero me dijo que se le había olvidado, pero que me la entregaría a primera hora del siguiente día.

Después de varias semanas y no obtener mi cámara, pensé en decirle a David, pero recordé la discusión que habíamos tenido por estar hablando con el muchacho y preferí callar y resolver el caso por mí misma, así que insistí preguntándolo a los demás trabajadores, pero ninguno me daba razón, me dijeron que había dejado de ir hace dos días al cultivo, supuse que estaba enfermo y por tanto deje de preguntarlo por esa semana.

A la semana siguiente volví a preguntarlo y me dijeron los demás trabajadores que no sabían nada de él, que no había vuelto al cultivo, en ese momento me preocupe por la cámara, pero no supe qué hacer, pues no podía decirle nada a David y tampoco sabía dónde vivía el muchacho, ese día di por perdida la cámara y decidí no comentarle a mi esposo.

Pasaron varios días, semanas y no volví a ver, ni al joven, ni a la cámara, deje de preguntarlo y todo transcurrió en completa normalidad, hasta que un día como a las tres de la tarde me encontraba barriendo el pasillo de la casa cuando vi en el horizonte que se aproximaban un grupo de soldados, cosa que me pareció muy extraña, pues ellos nunca iban por esos lados. Corrí inmediatamente a la cocina y saque una jarra con limonada y panela para darles de beber y continúe con mi oficio.

Uno de ellos, piso con fuerza el pasillo de madera, con sus botas llenas de barro preguntando por David, le dije que no se encontraba  y le ofrecí la jarra con limonada. Los hombres que lo acompañaban fueron sentándose en la banca y la mesa, algunos me rodearon y otros entraron a la habitación, baño y sala en busca de algo.

Les pregunte que querían y el hombre más alto de todos, que tenía una barba espesa y una mirada intimidante le dijo a uno de los compañeros. “vayan busquen a David, tenemos que hablar con él, aquí lo esperaremos”.

Mi niño que se encontraba en la habitación, salió corriendo asustado hacia donde yo estaba, lo abrace fuertemente mientras le preguntaba que le estaba pasando, el señor con barba espesa encendió un cigarrillo, se sentó en el borde del pasillo, descargo su fusil y le ordeno a otro compañero que revisara bien toda la casa.

Volví y le pregunte que se le ofrecía, o que buscaba, él se paró inmediatamente y me pregunto si conocía a Carlos, le dije que no y que por favor le dijera a sus hombres que dejaran de esculcar en la casa, él hombre pregunto si habían encontrado algo, y uno de ellos respondió, “no señor”, él les ordeno, “salgan de la casa y tráiganme la foto de Carlos”.

Uno de ellos se aproximó inmediatamente y le pasó un papel, luego, él señor se me acerco mostrándomelo, en papel se distinguía el rostro deforme de un muchacho joven, sus ojos no se podían identificar de la magnitud de los golpes, los labios estaban morados y de su nariz brotaba  sangre.

Angustiada, le dije que no sabía quién era, en ese momento pensé que era mi esposo y tome fuerte a mi hijo, mientras el sudor bajaba por mi espalda y temblaba de los nervios, pensaba que algo le había pasado a David, sentí un nudo en la garganta que no me dejaba hablar.

Él volvió y pregunto si lo reconocía, me dijo con un tono fuerte “¡Obsérvelo bien, porque usted y su familia se encuentran en problemas y es necesario que me diga la verdad!” Del susto que tenía en ese momento no pude volver a ver la foto y le dije “no lo reconozco, ¿qué quiere que le diga?” en ese momento las lágrimas salían de mis ojos y la voz me temblaba. Mi hijo que estaba parado al lado mío, me abrazaba fuerte las piernas dándome a saber que se encontraba asustado.

Me agache a alzarlo para calmarlo diciéndole que todo estaba bien, que no se angustiara, el niño me abrazo y empezó a llorar, lo estaba consolando cuando por fin llegó David, empujado por dos hombres vestidos de traje militar. Sentí que volvía a nacer, un suspiro salió de mis entrañas permitiéndome descansar un poco, pues era evidente que David no era el de la foto.

El corrió a abrazarme y me dijo “¡qué pasa!, estos hombres llegaron preguntándome, y me sacaron a empujones del laboratorio” le dije que no sabía nada. Él hombre de barba espesa se acercó a nosotros y le preguntó a David si conocía a Carlos, el respondió que sí, que estuvo trabajando un par de semanas como raspachin, pero que había desaparecido.

En ese momento reconocí que el joven muchacho con el que había estado hablando por semanas, ese mismo al que mi esposo me dijo que no le hablara más, el mismo que tenía mi cámara digital, se llamaba Carlos

Mi esposo le preguntó “¿Qué pasó con él?” Y el señor le mostro la foto preguntándole, “logra identificarlo” David la vio y me miro, diciéndole “sí, él es, ¿qué tenemos que ver nosotros con él luego?” la respuesta a esa pregunta fue contundente para mí, pues mi ingenuidad era tanta que comprendí hasta ese momento donde me encontraba, pues aquel hombre de barba tupida que vestía traje militar y botas de caucho negras, era el que gobernaba allí,  se identificó como el comandante del frente de las FARC de ese sector, encargado de la seguridad tranquilidad.

Luego de su presentación, saco del bolsillo la cámara que yo tanto había extrañado y pregunto, “¿ésto es de ustedes?” David me miro nuevamente y dijo, si señor con la cabeza agachada. El comandante al escuchar esto, hizo caer de rodillas a David de un fuerte golpe que le propino en el estómago con su fusil.

El niño que estaba en mis brazos empezó a llorar, llamando al papá, mi reacción fue impedir que el viera esa escena, la angustia que había tenido hace un momento volvía, pero se multiplicaba con cada segundo que pasaba, no sabía qué hacer, solo observaba a mi esposo de rodillas y al comandante dando la orden de “¡Levántenlo, que a este no lo llevamos!”

Al escuchar esas palabras, grite “¡no, él es el papá del niño y mi esposo, la cámara es mía, llévenme a mí” David reaccionó diciendo “¡Cállese!, o quiere que nos lleven a todos” me quede callada mientras las lágrimas rozaban mis mejillas, el niño lloraba gritando “¡Papá…!” Y el comandante se alejaba. En ese momento miraba como todo transcurría lentamente, mientras mi corazón se me salía del pecho.

No supe como saque fuerzas, pero corrí hacia el comandante, atravesándomele en el camino con el niño en brazos y le grite “¡Pero porque se lo llevan, llévenos a todos!” el comandante detuvo su marcha y me dijo, “Mire señorita, el muchacho que está en la foto, es un infiltrado de los paramilitares, él estuvo tomando fotos a nuestros compañeros, haciendo que éstos aparecieran muertos en otros lugares y en condiciones peores de las que usted pudo ver en la foto y si no me cree, las fotos de los compañeros aún están en su cámara, la cual usted muy amablemente le presto”

Sentí que las fuerzas se me iban, pero volví y le dije “entonces es mi culpa, lléveme a mí”. En ese momento apareció don Ramiro en su camioneta, se detuvo detrás de mí y llamo al comandante, éste camino hacia el vehículo mientras don Ramiro se bajaba y lo saludaba amigablemente.

Por un rato estuvieron hablando, mi esposo que estaba convaleciente me dijo “no sea boba, usted no sabe con quién está hablando, deje que me vaya y usted empaque, coja el dinero que está debajo del colchón y salga de inmediato para Bogotá”

El comandante se devolvió con don Ramiro hacia donde estábamos nosotros, y nos dijo “vea David, ya hable con don Ramiro, él me dijo que ustedes son gente de su entera confianza, la señorita no sabía quién era Carlos, y que si, la embarro, pero que en vista de la situación, yo les doy una hora para que se vallan de aquí, pero tienen que irse ¡ya!, voy a avisarles a todos los demás comandantes de la zona que ustedes son objetivo militar y no doy garantías por su seguridad, lo que les suceda de aquí en adelante es problema de ustedes”

Después de terminar de escucharlo, le dimos las gracias a don Ramiro y salimos corriendo para la casa a empacar las cosas que podíamos llevar, mientras tanto, el comandante con sus hombres se retiraban, don Ramiro que muy amablemente intercedió, partió en su camioneta nuevamente sin decirnos nada y los trabajadores que terminaban su jornal, empezaron a salir de los arbustos para dejar sus implementos de trabajo.

Al cabo de cinco minutos estábamos en la puerta de la casa pensando para dónde coger. Eran las cinco de la tarde y la línea ya había pasado, mi esposo preocupado por nosotros me dijo “hay que ir caminando hasta Calamar, tenemos que irnos por la vía principal para que no nos pase nada” me acorde de inmediato del camino por donde llegamos y que había recorrido como tres veces nada más y le dije  “¿No hay otra ruta? es muy solo por ahí, y a esta hora, por el camino nos cogerá la noche” sin pronunciar David ninguna palabra, salimos a pie por el camino de herradura, con dos maletas al hombro, mi hijo en los brazos de David, una bolsa de galletas y un tarro de plástico con agua de panela.

Caminamos hasta que el sol se escondió, los insectos nos zumbaban por todos lados, al niño lo tape con una cobija para protegerlo de éstos y a la luz de la luna caminábamos esperanzados en encontrar el pueblo, solo nos acompañaba el ruido de las ranas, los murciélagos y las estrellas, la noche era fría, pero realmente no la sentía, pues en mi pensamiento estaba plasmada la angustia de salir rápido de ese lugar y que no nos encontráramos a ninguna persona en el camino, pues con la advertencia del comandante, cualquier ruido en la maleza me alertaba sobre la presencia de alguien, creía que nos estaban siguiendo, y que por cada paso que avanzábamos, ellos lo hacían el doble.

Caminamos durante mas o menos dos horas cuando empecé a escuchar el ruido del motor de un carro, le dije a David asustada que nos escondiéramos, que tal vez eran ellos y él me respondió  “no, tal vez sea el ejército, ellos nos poden ayudar”, es más, reflexione y pensé, si son ellos, nos pueden confundir y dispararnos.

Así que nos quedamos en el camino, el brillo de dos luceros se asomaron en el camino, éstos se fueron acercando lentamente mientras el ruido del motor aumentaba, pero también los latidos de mi corazón y las gotas de sudor que humedecían la blusa blanca que tenía. David al frente mío, caminaba como si no se percatara del vehículo que se aproximaba.

El niño que venía durmiendo, despertó por el ruido del motor, haciéndome confundir entre el llanto, el motor y una voz que sobresalía diciendo “buenos noches, ustedes que hacen por aquí tan tarde, no saben que está prohibido salir a esta hora, es peligroso” David que venía cabizbajo, se dio la vuelta y limpiándose el sudor que tenía en su frente les respondió “buenas noches, es que nos cogió la tarde y vamos para el pueblo de urgencia”

El señor que iba manejando el vehículo, asomo su rostro por la ventana y mirándome dijo, “si, se nota que la señora va enferma, vea está toda pálida y sudando con este frio que hace, pobrecita, suban que nosotros vamos para allá” David me miro y dijo en voz baja, “que hacemos, no sabemos quién es” le conteste mientras miraba el vehículo para identificar de que bando era, pero la carpa negra que cubría la parte trasera no dejaba distinguirlos “pues subamos”

Dimos la vuelta al camión, un joven se bajó de la parte delantera cediéndome el puesto, pero mi temor aumento cuando le vi el fusil que cargaba en su espalda, el pantalón que en medio de la oscuridad se distinguía el color verde oliva y las botas de caucho negras. El conductor muy amablemente me brindo su mano para ayudarme a subir, pero no sabía si darle la mía o salir corriendo, intente decirle a David pero en ese momento se encontraba en la parte trasera del camión intentando subir al vehículo.

Indecisa sobre qué hacer, perdí el conocimiento, mi cuerpo inercialmente subió al vehículo, no recuerdo como lo hice, pero volví a recuperarlo cuando sentí el suspiro del niño en mi cuello, tampoco supe en qué momento se durmió, ni menos cuanto tiempo llevaba en el camión, a un lado estaba el conductor hablándome, pero no le entendía nada, el movimiento de mi cabeza bastaba como respuesta para él, al otro lado, un joven de más o menos 20 años se encontraba en silencio observando el horizonte, ambos vestidos con traje militar.

Al cabo de una hora vimos las luces del pueblo, un letrero que decía bienvenidos a Calamar nos recibía, avisándome que el calvario por fin iba a terminar, el conductor mirándome me dijo “Los voy a dejar en el puesto de salud” le respondí con un leve movimiento de mi cabeza que sí. Y así fue, llegamos al puesto de salud, baje del vehículo y al momento llego David, él les agradeció y nos fuimos caminando hacia el interior del lugar sin mirar atrás.

Nos sentamos en una de las sillas de la sala de espera y al cabo de un rato salió David para verificar que ya se habían ido, espere durante cinco minutos y al verlo de regreso le pregunte “¿qué paso?” él me respondió “queda el ultimo bus hacia San José, ya compre los pasajes, el conductor nos dice que él nos monta en la Macarena que va hacia Bogotá directamente, pero tenemos que salir ya”

Salimos caminando del lugar mirando hacia todos lados para no encontrarnos con los guerrilleros, subimos al bus, David compro jugo y unas almojábanas para el camino y al cabo de 15 minutos salimos de Calamar.

Cada kilómetro que nos alejábamos de ese lugar, permitía que mi corazón descansara, el temor se iba a medida que nosotros avanzábamos, no recuerdo en que momento quede dormida, pero cuando desperté, pude observar muchas montañas verdes, habíamos dejado una parte de nuestra vida en ese lugar al cual nunca quisiera volver, pues había muerto en vida durante unas horas, sabía que todo había pasado y que nuevamente volvíamos a empezar una nueva vida con David y mi hijo, pero esta vez, sería una segunda oportunidad que estaría acompañada por nuestros seres queridos y en otras condiciones totalmente diferentes, sabía que volvía donde mi mamá, que cansada del maltrato de mi papá, para ese entonces ya se había separado de él, yo tenía 21 años y una experiencia de vida que me había hecho cambiar la forma de pensar, había dejado de ser la adolescente caprichosa, para convertirme en la mujer guerrera que hoy en día soy.

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