Cuando Ellos llegaron estábamos
dormidos, el ruido de la selva era la única compañía. Desperté con un leve
dolor en el pecho; tal vez, presintiendo que iba a pasar esa noche.
Noté la sombra de sus botas de
caucho por las rendijas de las tablas, empecé a temblar, sudaba como si
recogiera yucas en pleno medio día de verano.
Miré a mis padres al otro lado de
la habitación en medio del toldillo, traté de gritar para despertarlos. Un enorme temor se
apoderaba de mí, sentí un nudo en la garganta, intenté moverme, pero mi cuerpo
no respondía... continua en Suma cultural No 21. pag. 67
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