Una
vez caminando hacia el colegio me topé con una piedra, ésta piedra no tenía
forma, pues su contextura era árida, corrugada y de color grisáceo, de ella
salía humo de color azul, al agacharme la tomé y sentí de inmediato su textura
fría, la dirigí hacia mi nariz y empecé a olerla, sentía como ese humo azul
ingresaba por mis fosas nasales y como le baja temperatura reemplazaba de ipso
facto las altas temperaturas del interior de mi cuerpo.
Sentí de pronto que mi cuerpo
cambiaba, de inmediato bajé la mirada y observé que mis pies se alejaban de mi
vista y se hacían más pequeños, sentí un leve vértigo que hizo que me pasará un
corrientazo desde los pies hasta la cabeza.
Estuve un rato estático,
observando como cada una de mis partes cambiaban, pues ellas se hacían más
grandes y anchas; los dedos se me agrandaron, la ropa se hacía más pequeña, la
camisa se me rompía y la pierna se salía del pantalón
Al pasar un rato pude retomar la
conciencia, y al escuchar el leve zumbido de una mosca parpadeé y me di cuenta
de los cambios que había tenido, sentía que todo lo podía hacer, me sentía
grande y de ésta manera solo pensé en una cosa, “ir donde mi amor platónico y
pedirle que me quisiera” pues había crecido y tenía la figura perfecta que
debía tener el novio de esa doncella.
Es así que me fui corriendo a la
sala de profesores, por el camino me topé con un arbusto que tenía unas flores
amarillas y sin pensarlo las arranque.
Seguía corriendo, y con la mirada
fija en la puerta de la sala, observaba como ella se dirigía hacia mí, solo
esperaba que la profesora de matemáticas no saliera.
Cada paso que daba era como un
escalón más que subía en la escalera de la felicidad, la sangre me circulaba
más rápido –muchos dirían que por culpa de la correría, pero yo sabía que era
porque iba a decirle que la quería- mi corazón palpitaba con más fuerza, pues
sentía que se me iba a salir del pecho, las manos me sudaban y la pobre flor
sufría las consecuencias de mi fuerza.
De un momento a otro y sin darme
cuenta estaba parado en la puerta de la sala de profesores, diagonal allí se
encontraba el escritorio de la profe, me dirigí hacia él con la cabeza agachada
mirando el suelo, anduve en línea recta sin toparme con nada –ese momento era
yo y la profe, pues no escuchaba ni sentía nada a mi alrededor- al ver las patas
de la mesa al pie de mis zapatos, subí mi brazo encima en la mesa con toda la
fuerza que tenía, pues la pequeña flor que tenía en la mano se hacía más pesada
a medida que se acercaba a la mesa, era como si la gravedad aumentará a medida
que la flor se alejaba del suelo.
Después de poner la mano en la
mesa, fui subiendo mi rostro suavemente y al observar el cuello de la doncella
que me trasnochaba cerré los ojos y al abrirlos suavemente no mire nada más que
el portón del colegio. En ese momento me di cuenta que todo había sido otro de
los tantos sueños que he tenido, que yo no era sino un papel tirado en el suelo
para la gente que pasaba por allí, pues la gente salía del colegio y hacían lo
menos para evitarme. Pero allí estaba yo, con mi uniforme del colegio que hace
dos años tenía puesto, y en la mano no tenía nada más que una botella del
preciado líquido que me conducía a un mar de sueños fracasados, y al frente
mío, al otro lado de la carretera se encontraba mi profe, la de matemáticas
caminando hacia la carretera y a la cual siempre le fui indiferente, hasta
cuando yo hacía parte de su curso en tercer grado.
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